Vine a Buenos Aires a mi primera convención, un viaje de esos que necesitás pero que salen porque tiene que salir y no porque se forzan. Esta ciudad ya la siento propia, el segundo viaje es de asimilación y no de reconocimiento. Fue mi primer viaje como de adulto, medio adulto, conocí a gente re interesante. En alguna de las conversaciones con mi papá salió el tema de mi soltería (otra vez issue recurrente en estos países en donde si a los 25 años no estás casada ya le estás peinando el pelo a los santos y a punto de vestirlos...)y él me dijo que me despreocupara porque seguro iba a conocer mucha gente cuando ya estuviera en el medio y seguro en el máster o en algo afuera conocía a un chavo que valiera la pena.
No se que tanto conoces gente que valga la pena para algo a largo plazo, pero sí seguro es una oportunidad para recargar energías de otros lugares, visiones diferentes del mundo y quien quita agregar a la lista de amores fugaces una cara, un cuerpo y un set de caricias más.
Sentados en una mesa muy elegante en el Palacio de San Martín, nada más y nada menos, estaban los representantes de todos los capítulos de América Latina. Yo me sentía como era de esperar un poco sola y miedosa, todos eran más grandes que yo y no conocía personalmente a nadie. Eso sí tenía dos recomendaciones, personas a quienes me tenía que acercar porque según mi jefe eran las mejores personas del lugar. Muy concentrada tratando de hacer mi trabajo lo mejor posible me llamó la atención una mirada que no logré decifrar en el momento, era de esos hombres con ojos profundos, cejas marcadas, voz masculina, seguridad poderosa y manos grandes. Me envolvió la forma en que se expresaba, sus ojos me decían algo pero pensé que simplemente estaba siendo amable con la nueva niña en la convención. Así pasó el almuerzo y el resto de la tarde, mirándonos al igual que mirábamos al resto de los presentes.
En la cena, pasó exactamente lo mismo. Él de un lado yo del otro. Pasaron las horas y la gente se fue escapando del pequeño bar, con mala música, en el centro de BAires... quedó solo del otro lado de la mesa, y yo buscando la forma de escapar de una conversación que ya me había quedado un poco aburrida le dije que se sentara de nuestro lado. Sin dudarlo se acercó y se sentó junto a mi. Platicamos de México y de mi vida... no recuerdo bien si salió ahí o después el tema de que era casado porque como cualquier zorro se cuidó mucho de lo que me dijo (lo cual tampoco me importó). Creo que nunca me importó mucho porque no me esperaba el resultado de esa noche de tragos... Era la una de la mañana y nos echaban del Bar, y entonces que mejor que seguirla en otro quizás con mejor música pensé yo. Fuimos a Palermo, pero éramos 3 y la cuestión se tornó un poco aburrida entre ellos dos y me dio oportunidad a mi a ponerme hasta las cachas... Y entonces empezó la historia, medio me abrazó, medio me agarró la mano, y entre un par de comentarios me dio a entender qué estaba pasando.
No aguantaba las ganas de regresar al hotel para saber qué más iba a pasar. Subiendo séptimo piso no sabía qué hacer con mi cuerpo y la tensión que nos acompaña en el elevador. Saliendo no quedó de otra, me besó y fuimos a la habitación. Esta es la primera vez en mi vida que me siento mujer y no niña, por primera vez estaba con alguien mucho más grande que yo y casado. Sobre el sofá me tocó, parecía conocer mi cuerpo porque tocó todos los botones adecuados para que yo explotara en placer. Quería me hiciera el amor, pero al mismo tiempo estaba cansada y medio borracha, esa mezcla me recordó que al día siguiente tenía que estar decente. Me ganó como siempre, la obligación.
Al día siguiente no entendí nada, y es que soy pésima para entender indirectas. Terminando la convención lo único que quería es regresar a la cama, me había arreglado, hasta me puse la ropa interior perfecta. Y pasaron las horas y no entendí nada, supuse que tenía que hacerme yo también la loca. Pero no podía parar de verlo y desearlo. Al llegar al hotel me confundí de movida y luego solo nos perdimos en confusiones de lenguaje corporal. Y me quedé en mi cuarto de hotel sola deseando lo imposible.
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